DECLARACIÓN DEL PRESBITERIO EJECUTIVO SOBRE GEORGE FLOYD, EL RACISMO Y LA RECONCILIACIÓN RACIAL

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Hoy, los Estados Unidos de América están en crisis. La muerte de George Floyd una vez más nos enfrenta a los pecados del racismo y la injusticia ante los cuales los cristianos debemos responder con palabras y hechos. En agosto de 1989, el Concilio General de las Asambleas de Dios adoptó su «Resolución sobre el Racismo». Nosotros, el Presbiterio Ejecutivo de las Asambleas de Dios, redoblamos no solo nuestro compromiso, también el de nuestra Fraternidad con el curso de acción establecido por esa resolución histórica.

Por lo tanto:

Nos oponemos al pecado del racismo en cualquier forma.

Hacemos un llamado al arrepentimiento a cualquiera y a todo aquel que haya participado en el pecado del racismo a través de sus acciones personales, o a través de las estructuras eclesiásticas y sociales, o a través de la pasividad en hacer frente al racismo como individuos o como iglesia.

Pedimos a Dios que nos dé el valor de hacer frente al racismo sea que lo encontremos en nuestra vida, en nuestras iglesias, en nuestras estructuras sociales y en nuestro mundo.

Tomamos la firme resolución de participar con el Espíritu Santo en obrar activamente contra el racismo, sea en nuestro país o en el exterior, y buscar la reconciliación con Dios y entre las personas.

La muerte de George Floyd no debe ser un nombre más que se añade a la lista de homicidios sin sentido. Él fue creado a imagen de Dios, y su vida es importante. Como ministros del evangelio de Jesucristo, una vez más expresamos nuestro apoyo a nuestros hermanos y hermanas afroamericanos, y nos comprometemos a usar nuestra voz y nuestras acciones como agentes de reconciliación.

Por lo tanto, como nos dice la Palabra, «[lloremos] con los que lloran» (Romanos 12:15, NTV), sigamos al Mesías quien «hará siempre lo que es justo y estará deseoso de hacer lo correcto» (Isaías 16:5, NTV), y proclamemos a aquel que «es nuestra paz: que de los dos pueblos ha hecho uno solo, derribando mediante su sacrificio el muro de enemistad que nos separaba» (Efesios 2:14, NVI).

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